domingo, 1 de julio de 2012

Mi cana.


Efectivamente, sí: me ha salido una cana. Pero no ha salido un día cualquiera; un domingo soleado, un lunes en el trabajo, un agosto en la playa, una noche de amor ¡No! La muy cana ha salido justo al final de una semana terrible en el trabajo, de decepción con algunas amigas, de sentimientos encontrados, y de una pequeña discusión de pareja causada por mi mal carácter. La muy cana va y sale cuando he decidido dejar el maravilloso piso en el que vivimos menos de un año Grisú y yo para compartir vivienda y ahorrar un poco, porque el tema laboral está bastante mal. La muy fea y retorcida sale un puñadito de días antes de mi cumpleaños. La muy dura y poco estética de ella quiso enseñarse en un día malísimo.
¿Y qué me hace pensar? Pues nada. Nada de nada. Me quedé en blanco con ella en la mano –porque la arranqué- mientras caminábamos hacia el teatro. La tocaba, la miraba a contraluz, la medía: era fea, irregular, antiestética en mi pelo liso y negro. Mi compañera se reía, claro, como las suyas son bonitas y en armonía con su suave y castaño cabello ver aquella cuerda de guitarra loca y chillona hacía gracia. Yo no me reí, en absoluto. Yo me quedé muda.
No sé si hay moraleja, ni si usaré tintes, ni si mis canas serán tan bonitas como las de otras amigas que están tan guapas con ellas. Yo sólo sé que todavía estoy extasiada y, de verdad, no sé por qué.