miércoles, 24 de abril de 2013

Reflexiones sin respuesta.

Tendría no más de 6 años porque todavía vivía en el piso de arriba de la guardería. Me recuerdo como a los 9, como a los 14, y un poco como ahora también.
Mi madre me "obligaba" a leer un poquito antes de dormir, y a mi me costaba tantísimo ya concentrarme, que de un día a otro no recordaba aquella historia de la gacela, o aquella otra tan divertida del pirata Garrapata. Me sigue costando, todo hay que decirlo.
No tengo grandes detalles ya que de esa época no recuerdo más que haber caído enferma de acetona, que tan de moda estaba, una noche de Reyes, el teléfono rojo que pasaba de la habitación de mi hermana a la mía, o la casita de tela que había en mi cuarto. Esa casita, esa cueva, ese refugio que ya con 6 años, era un lugar privilegiado donde pasar el rato, y donde esconderse de Luisa, que me ponía las vacunas e inyecciones cuando alguna vez enfermaba. Claramente prefería la casa de tela al parque. Más adelante preferí que lloviera, para ver una película o cantar en la parroquia, a estar haciendo actividades los domingos de 'Juniors'. Siempre preferí estar con una a con varias personas, el bar a la discoteca, el conocido al "por conocer". Casi no recuerdo el colegio, y a duras penas sí guardo fotografías en mi mente de los estupendos campamentos de verano.
Poco a poco quise cambiar, y me gustó, y me sentí feliz e independiente, pero nunca terminé de comprender por qué fui así. Por qué andaba sola, tan pequeña. Por qué me ponía nerviosa al jugar con otros 20 amigos y amigas a pillar o a las guerras de agua. Agua. Eso sí que me gustaba mucho. Nunca le tuve miedo, y siempre me gustó especialmente la piscina. A las 3 de la tarde, cuando en el polideportivo no quedaba nadie. Nadar, bucear, flotar... qué guay, el agua. Años más tarde, una gran persona me dedicaría la canción de Family, Nadadora, que quedaría cincelada en mi corazón como una gran columna de respuestas, para siempre: tiene azul el corazón de nadadora.
Nadadora, pero mejor sola.
Y todo esto para reflexionar sobre un acontecimiento aislado que no sé por qué quedó atrapado en mi cabeza como un trauma que aún me causa incomodidad. Tenía esos 6 años, en aquel piso de encima de aquella guardería, en aquella habitación con aquella casa de tela. Obligada a leer un cuento maravilloso de Pilar Mateos, Historias de Ninguno, me vi en mi cuarto un poco angustiada. Estaba inquieta y no era miedo, era como una necesidad de vaciar mi recién estrenada cabeza. No me encontraba bien, y ni siquiera sabía muy bien qué era. No dolía.
Había en el pupitre unos lapiceros, una goma grande y verde de Milán, unas tijeras pequeñas de plástico amarillas y poco más. Recuerdo no sentirme bien y encontrar un tremendo alivio clavando las uñas el aquella goma de Milán. No sé muy bien cómo, pero acabé despedazando la goma con las tijeras, sintiendo un extraño desahogo cada vez que un trocito caía encima del pupitre.
Me castigaron. No supe responder al por qué lo había hecho. No dije nada. No me atrevía a decir que había sido yo, con el consecuente interrogatorio a mi hermana pequeña. No entendía la mesura de la bronca, cuando me había aliviado esa angustia tan grande: La goma destrozada, cual éxtasis de sábado noche. Como cana al aire. Como clavar los dedos en la almohada de cuna hasta bien entrados los 30. Como sentir un gran alivio cuando, en realidad, solo se está destruyendo. Y lo peor de todo: sin saber muy bien por qué.

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