lunes, 12 de agosto de 2013

La vida (II)

Valencia me revuelve porque tengo muchas páginas escritas encima de demasiadas cosas sin cerrar. Pequeñas e insignificantes cosas, cositas sin cerrar.
Valencia me devuelve a lo que nunca volverá: la moto, el tinte y mis botas militares; las loves, La Velvet y el Wha Wha entre besos nuevos y despreocupados; no volverá la sensación de hogar nunca más no volverás tú. Tú tampoco volverás.
Valencia me da bofetones familiares. Me da cal y arena y recuerdos amargos que vienen cada poco tras una absurda conversación madre-hija.
Y me llena de lágrimas Valencia porque la Calle Ramón Llull murió; se apagó también la luz del salón donde me dejaba dormir después del sexo de borrachera en su cama; y también murió la okupa, y hasta El Carmen que una vez fue mi pueblo y mi hotel, mi trabajo y mis rayas, desapareció.
El olor a jazmín ya no tiene nada que ver con ella y, sin embargo, huele tantísimo a nuestras noches de verano que dejó de ser jazmín hace diez o doce años. Se volvió sueño, luego dolor, luego ternura. Ternura y dolor es el jazmín, y veranos besándome las manos entre sueños al llegar a casa.
Las páginas de mi vida (nada excepcional por otra parte) que en vez de escribir cincelé, sepultando para siempre capítulos que bien podían haber quedado marcados suavemente, con un dobladillo en su esquina, para recuperarlos en algún momento.